Si se ignoran las diferencias de género se entorpece la educación de los niños y de las niñas
Escrito por Michael Gilbert
Los Ángeles, California
El desempeño de los niños varones se ha vuelto últimamente un tema de
interés. Se están quedando detrás de las muchachas en casi todos los
grados y se está incrementando cada vez más su deserción de la escuela.
Los muchachos que llegan a los estudios universitarios se encuentran en
minoría, sobrepasados por las mujeres casi en la proporción de tres a
dos. Al ver que la deserción de las escuelas permanece alta, los
educadores responsables –así como los padres de familia involucrados en
el país- quieren saber la razón.
Una
posible explicación puede deberse a la suposición fundamental en los
que diseñaban los planes de estudio y en los directivos de las escuelas
en la década de 1960. Por el temor de que la separación se interpretara
como desigualdad, y tratando de romper los estereotipos sexuales,
decidieron que era preferible juntar a los alumnos de los dos sexos lo
más pronto posible. En 1965, la mayor parte de los salones de clase en
las escuelas públicas en los Estados Unidos atendían a alumnos de un
solo sexo; para el año 2000 quedaron unos cuantos con educación
diferenciada.
La enseñanza
coeducacional presenta la necesidad de material educativo que no
distingue entre los sexos e impone pruebas y estándares uniformes de
comportamiento. Como consecuencia, en la búsqueda de un universo
perfectamente balanceado sexualmente en el universo de los alumnos, se
sustituyó “igual a” por “lo mismo que”. Pero hay un problema cuando se
borran las diferencias de género: los muchachos y las muchachas no son
lo mismo. No se desarrollan de la misma manera ni al mismo tiempo. Por
ejemplo, la mayor parte de los padres de familia que lo han vivido
saben que los muchachos se desarrollan más lentamente en muchos
aspectos desde el vocabulario hasta la escritura manual, y aún en la
habilidad de sentarse derechos.
Cuando los jóvenes varones llegan a la escuela actualmente, se
encuentran en un mundo dominado por profesoras y administradoras, ya
que el porcentaje de profesores varones en las escuelas públicas del
país está en su más bajo nivel en los últimos 40 años. Las compañeras
entre las que se encuentran leen con mayor rapidez, controlan mejor sus
emociones, y están más cómodas con el énfasis educacional actual sobre
el estudio en equipo y en la expresión de sus sentimientos. Los
muchachos prefieren los procesos visuales y no tienen el control motor
manual que las muchachas adquieren en los primeros grados. Y ellos
harían casi cualquier cosa para no mostrar sus sentimientos.
Por éstas y otras razones, a los muchachos les cuesta poner atención en
clase. A menudo no hacen caso a las instrucciones que se les da y hacen
un mal trabajo. Ellos tienen de tres a cuatro veces más probabilidad de
padecer desórdenes de desarrollo, y el doble de probabilidad de ser
clasificados como incapaces de aprender. A muchos de ellos se los
castiga por expresiones físicas desordenadas, y se les dan tratamientos
médicos simplemente por comportarse como muchachos (a 1 de cada 5
muchachos caucásicos se les receta Ritalin). Hasta se les puede
prohibir correr en el recreo. Esto hace que frecuentemente los
muchachos empiecen mal, no logren recuperarse y desarrollen una
aversión a la escuela.
Según un
reporte global reportado por el Departamento de Educación, los
muchachos tienen 50 porciento más probabilidad que las mujeres de
repetir un año y se salen de la escuela secundaria con una frecuencia
de un tercio más. A los muchachos que les va peor son los que provienen
de familias minoritarias y de bajos recursos. Al final, del sistema
K-12 de educación en Estados Unidos salen legiones de jóvenes mal
preparados o sin interés en continuar su educación, aun siendo
conscientes del dramático impacto en sus futuros ingresos económicos.
Esto es malo para los hombres, las mujeres, el futuro económico de la
nación y para toda la sociedad.
Investigando las formas en que muchas culturas actuales y pasadas han
manejado la preparación de sus jóvenes, resalta la relevancia actual de
algunas prácticas antiguas que han probado su eficacia. Margaret Mead,
entre otros antropólogos, nos informa que casi todas las culturas que
han tenido éxito han separado el entrenamiento de los muchachos y las
muchachas. Las investigaciones contemporáneas en biología y el
comportamiento confirma una y otra vez las suposiciones sobre el género
que han llevado a la National Academy of Sciences a recomendar el
estudio de las diferencias en sexo “desde el vientre hasta la tumba”.
Hay más de 90,000 escuelas mixtas en los Estados Unidos. Aunque la
opción de educación separada ha sido popular en escuelas parroquiales y
privadas, hasta el otoño pasado había menos de 250 escuelas públicas,
dispersas en 33 estados, que ofrecen educación separada. Tomando en
cuenta la situación cada vez peor de los muchachos, el Departamento de
Educación permitió finalmente en otoño la posibilidad de incluir clases
de un solo sexo. Aunque todavía es prematuro para obtener resultados
conclusivos del experimento, está aumentando la evidencia de anécdotas
y descubrimientos iniciales que sugieren amplios beneficios para ambos
sexos.
Las escuelas privadas de un
solo sexo han dado buenos resultados por mucho tiempo. Hay reportes muy
entusiastas de los educadores que se aprovecharon pronto de la nueva
flexibilidad. Los que proponen la educación diferenciada hacen notar
los experimentos como los que se llevaron a cabo con alumnos de cuarto
grado en una escuela de primaria en Florida en la que –tanto las niñas
como los niños- alcanzaron aumentos drásticos en el porcentaje de
aprobados en exámenes de escritura en todo el estado. Ha habido otros
experimentos muy prometedores en muchos estados, incluyendo Alabama,
Louisiana, y Nueva York, así como en Canadá e Irlanda. Tanto las niñas
como los niños obtienen mejores resultados cuando se les libera de la
competencia y las presiones sociales en salones de clase mixtos, y
evidentemente han disminuido los problemas de disciplina.
Una actualización en las políticas de la National Association of State
Boards of Education en 2002, aunque no expuso claramente los métodos de
muestreo, indica que “ha habido resultados positivos en la educación
separada tanto para los niños como para las niñas, incluyendo mejores
resultados en lectura y en desempeño en lenguas extranjeras, una
disminución en los problemas del curso derivadas de las diferencias en
los sexos, un aumento en el tiempo dedicado al trabajo en casa, un
aumento en las aspiraciones educativas y una reducción en los
estereotipos sobre el papel de los sexos”. El reporte muestra que “los
efectos positivos son mayores entre las mujeres y entre los alumnos de
minorías de ambos sexos”.
Ha llegado
el momento de apoyar opciones experimentales como la educación
diferenciada, de entrenar a los profesores y educadores en todas las
formas distintas en que aprenden las niñas y los niños, y de
sensibilizar a las plantas educacionales sobre las diferencias en el
desarrollo entre los sexos.
Nuestras
escuelas tienen confiada la preparación y el entrenamiento de mentes
impresionables. Estados Unidos puede seguir fomentando fantasías
anticuadas sobre los géneros o puede celebrar las diferencias entre los
sexos desarrollando planes educacionales adaptados que traten a los
niños y a las niñas como las deliciosas, demandantes y maravillosamente
diferentes creaturas que son.
º
Michael Gilbert es autor de “The Disposable Male” (El Hombre
Desechable) y miembro senior del Center for the Digital Future en la
University of Southern California.